Los Angelitos de la Virgen de las Angustias.

Posted by Publicado por Administrador On domingo, agosto 01, 2010

Cuentan, que una mañana del año 1667 llegó a Jaén un escultor acompañado de su esposa y dos hijos gemelos de muy corta edad. Se acomodaron en una modesta casa de la Magdalena, en la calle los Uribes, y desde que cerraron las puertas de la vivienda tras ellos, nunca se volvió a ver a la mujer ni a los niños salir a la calle. Nuestro hombre llamado Antón, encontró pronto trabajo como escultor en las obras de la Catedral. Todos los días muy temprano se dirigía a su trabajo y al anochecer regresaba a su vivienda, pero siempre lo hacía de forma solitaria evitando toda conversación y trato con nadie, hacía lo posible por apartarse de las calles principales deambulando por las más solitarias. Este raro comportamiento, hacía precisamente que la curiosidad de la gente aumentara en torno a su figura, sin embargo nadie, ni aún los compañeros de trabajo conseguían sonsacarle sobre su vida, familia ni origen. A pesar de sus rarezas, la demanda de su trabajo fue aumentando debido a su gran habilidad y fina capacidad como artista tanto en la piedra como en la madera. Pronto fueron muchas las obras salidas de sus manos que quedaron expuestas en distintos templos de la ciudad y en casas de alta alcurnia. No habrían pasado cuatro años de su arribada a Jaén cuando más admirado y reconocido era, desapareció con la familia sin dejar rastro alguno. Contaron los vecinos, que la noche anterior a la desaparición, se oyeron fuertes gritos y vocerío de gentes en la casa, así como galopar de caballos y tropel de lucha. Hubo quien aseguró ver a Antón aquella noche corriendo como alma endiablada en dirección a la puerta de Martos, tras el rastro de una gran polvareda. Lo cierto es que transcurrieron cerca de diez años hasta que un buen día Antón volviera a Jaén. Los que lo conocían quedaron extrañados al contemplar su figura y aspecto, ya que en esa década había experimentado una vejez muy considerable, máxime cuando con todo todavía era un hombre de edad joven, pues apenas contaría unos cuarenta años y, sin embargo, aparentaba los sesenta. Pese a todas las preguntas que le hicieron los pocos que con él hablaban nadie consiguió saber nada de lo ocurrido. Llegó Antón hasta el convento de los Carmelitas Descalzos donde se conservaban varias obras suyas siendo por ello muy conocido de la comunidad. Allí puesto al habla con el padre superior, rogó asilo bajo aquellas venerables piedras, entrando en servicio como jardinero o cualquier otro trabajo en calidad de hermano lego. Pareció bien a todos la proposición, conociendo su discreto comportamiento y también, claro está, su gran predisposición para las artes, lo cual siempre sería una ventaja para el templo. Mucho trabajo costó al superior lograr que Antón contara lo ocurrido tanto en su vida, como su anterior desaparición y destino último. Resultó que nuestro protagonista fue hecho prisionero cuando prestaba servicio en un barco de guerra español y conducido a tierras africanas. Allí y dada su ínfima graduación como militar, estuvo prisionero cuatro años, siendo luego puesto en libertad dejándole que se quedara allí o que volviera a la patria. Por su carencia de medios económicos, hubo de faenar en todo lo que pudo para conseguir algún dinero y regresar a España. Estando precisamente trabajando en casa de un rico musulmán tuvo ocasión de conocer a la hija del mismo; de la que quedó enamorado perdidamente. Tuvo la suerte de que ella también le correspondiera con lo que las cosas pese a todo se complicaron bastante. Llegada la ocasión, con mil artilugios y peligros lograron huir juntos y trasladarse a la Península. Una vez aquí hicieron todo lo posible en adentrarse lo más que pudieron a fin de alejarse de la costa africana por temor a la venganza de su poderoso suegro. Primero se asentaron en Sevilla donde nacieron sus dos hijos gemelos, pero una vez ocurrido el alumbramiento tomaron aún más temor por los niños, decidiendo entonces llegarse hasta Jaén. A pesar de su mutismo para con todo el mundo por miedo de que llegaran noticias de ellos al padre de su esposa, ocurrió lo temido, y así una noche se presentaron en la casa seis hombres a caballo armados, los cuales sin mediar palabra le arrebataron la esposa y sus dos hijos. Lloraba el hombre amargamente al recordar los gritos y súplicas de sus seres tan amados diciendo no poder apartar de su mente la cara de terrible pena de los niños en el momento de la separación. Dijo que corrió tras ellos alocadamente pero de forma inútil, ya que en seguida desaparecieron de su vista. Caminó durante tres días sin rumbo ni sendas hasta quedar extenuado bajo un olivo. Alguien lo recogió y le llevó hasta su casería y allí permaneció varios días hasta que repuesto del cansancio, continuó camino a Almería donde vivió hasta entonces sin posibilidad de nada que le ayudara a rescatar las prendas de su corazón. Muy acongojado quedó el padre superior al conocer tan penosa historia, por lo que le dio cien consejos y toda clase de ánimos para perseverar en la fe y esperanza en Dios. Pasaban los días y el bueno de Antón trabajaba en el convento tallando un precioso retablo para la Virgen de las Angustias que en aquella iglesia se veneraba. Mas en los ratos libres realizó unos angelitos llorosos que reflejaban en la cara un espantoso dolor. Aquellos preciosos rostros plenos de amargura, eran el vivo retrato de sus chiquillos en la noche que se los arrebataron. Cuando los hubo contemplado el superior del convento, inmediatamente imaginó la fuente de inspiración de aquellas maravillas en madera policromada, por lo que le recriminó cariñosamente ya que consideraba que con aquello aumentaría su pena siempre que los mirara. De todos modos fueron colocados al pie de la imagen de Nuestra Señora llamando poderosamente la atención de todos cuantos los veían. Una vez terminado el retablo, no habrían pasado dos días de la bendición, cuando nuestro protagonista desapareció de una vez y para siempre; sólo dejó una nota sobre su cama dirigida al buen fraile, en la que explicaba su decisión de marcharse de allí y de Jaén, pues no podía soportar por más tiempo la contemplación de aquellas dos figuras que le recordaban a sus hijos en tan trágicos momentos.