Leyenda de los Minguillos del Hoyo de la Negra.

Posted by Publicado por Administrador On lunes, mayo 19, 2014

Los duendes, aunque traviesos, no suelen ser malignos, pero los minguillos (duendes de Mágina) son una excepción. Cuenta una vieja leyenda bedmarense que existía un fantasma de barbas blancas que iba siempre acompañado de una corte de minguillos en el lugar conocido como “el Hoyo la Negra”, situado en el antiguo camino de Cuadros, a espaldas de Fuensucia. Estos malvados seres tenían aterrados a los campesinos, pues si pasaban a partir de media noche por el Hoyo la Negra, se oían extraños sonidos de ultratumba, irreconocibles en un primer momento, pero poniendo atención se distinguía un potente estruendo similar al que se produce cuando se golpea un latón con un mazo. Al instante aparecía un fantasmagórico ente con largas barbas canosas, los ojos ensangrentados y hundidos y de una palidez extrema. Aunque se vestía con harapos se podía adivinar que en su momento fueron la mortaja de un hombre muy rico. Sus pies estaban trabados con gruesas cadenas pero a pesar de ello se movía con gran agilidad. Este fantasma se rodeaba siempre de un nutrido número de minguillos que encantaban a todos los campesinos que pasaban a esas horas por este lugar. Solían ser tan traumáticos estos encuentros que hubo campesinos que perdieron la cordura o alguna de sus facultades físicas a consecuencia de ellos. Debido a la magnitud que estaba alcanzando este problema, un grupo de valientes acordaron solucionarlo urdiendo un plan. Así, tras meditarlo mucho, cogieron la Virgen de Cuadros, cuyo flamante santuario no se encontraba muy lejos, y a las horas en que salían estos seres, la llevaron al lugar de los hechos. Como era de esperar, comenzaron a oírse los desagradables ruidos que precedían a la aparición, y al instante salieron el fantasma y los minguillos. Fue una escena de tensión y dramatismo para el fantasma que emitiendo un gran lamento se esfumó convirtiéndose en una enorme nube de humo que viajó hasta perderse de vista por la sierra. Los minguillos, sin embargo, echaron a correr despavoridos, desorientados, incapaces de seguir a su amo, desapareciendo al instante entre la maleza. A partir de ese día nunca se volvió a saber del fantasma, cosa que no ocurrió con los minguillos que, aunque por el momento inofensivos, todavía habitan estos parajes.